En las intervenciones en crisis y emergencias, en las que la vida se pone al límite y el control sobre lo externo resulta abrumador, puede aparecer, después del evento, una pérdida de temporalidad.
Esta pérdida de temporalidad puede llevar a pérdidas de memoria o lagunas de recuerdos próximos al evento y posteriores. Es nuestro cerebro intentando acomodar aquello que ha sido tan incomprensible. A ello se suman todas las emociones que nos genera, las sensaciones y los discursos que construimos alrededor de lo que nos ha pasado, de lo que les ha pasado a los demás y de aquello que escapa a nuestro control.
Las experiencias traumáticas pueden alterar la experiencia del tiempo, aunque cronológicamente hayan pasado días o años, ante un estímulo o recuerdo relacionado con el acontecimiento, el cerebro puede activar nuevamente los circuitos de alarma y las respuestas corporales asociadas al momento original. Las estructuras más primitivas del cerebro reaccionan como si el peligro estuviera ocurriendo en el presente, haciendo que el pasado irrumpa en el aquí y ahora y dificultando que la experiencia quede integrada como algo que ya ocurrió (Van Der Kolk, 2020).
La persona puede continuar con su vida cotidiana como si el acontecimiento traumático siguiera ocurriendo. El pasado permanece inmutable y contamina las experiencias presentes, dificultando integrar lo nuevo en la propia historia vital. Es, en este sentido, una vida que queda «detenida».
Elaborar la experiencia desde el agenciamiento, movimiento e imaginación
La posibilidad de actuar y recuperar el control durante o después de la amenaza resulta fundamental. Poder correr, huir o protegerse permite que, una vez alcanzada la seguridad, las alarmas del cerebro y del cuerpo se apaguen progresivamente. Cuando la acción queda bloqueada por estar atrapado, paralizado o retenido, la respuesta de alarma puede mantenerse, favoreciendo lo que Pierre Janet denominó «continuar la acción»: intentar realizar posteriormente aquello que no pudo hacerse en el momento del acontecimiento.
Bessel Van Der Kolk (2020), habla del cerebro, la mente y el cuerpo en la superación de la experiencia traumática y plantea que, la elaboración de cualquier experiencia difícil también requiere un espacio seguro para procesar lo ocurrido. La imaginación y la creatividad pueden ayudar a transformar la experiencia y darle un sentido. Traemos de su texto el caso de Noam, un niño de cinco años que presenció los atentados del 11-S desde su colegio, muestra cómo puede desarrollarse una respuesta adaptativa tras una experiencia extrema. Tras escapar del peligro junto a su familia, al día siguiente realizó un dibujo representando lo que había visto: el avión, el fuego, los bomberos y las personas que caían de las torres. Sin embargo, añadió una cama elástica al pie de los edificios, explicando que serviría para que, si volvía a ocurrir, las personas pudieran salvarse.
El ejemplo muestra cómo, una vez alcanzada la seguridad, el niño pudo comenzar a procesar lo ocurrido mediante el dibujo y la imaginación, transformando una experiencia de peligro e impotencia en la posibilidad de imaginar una forma de protección. El texto destaca así la importancia de poder actuar ante la amenaza, recuperar la sensación de seguridad y encontrar vías para elaborar lo vivido.
De esta forma debemos entender que, intentamos elaborar la experiencia que nos ha impactado desde lo que vivimos: observamos, sentimos, olemos y la cargamos de emociones que de manera personal nos ha generado y que, tambien construimos la experiencia desde lo que escuchamos de las otras personas sobre la experiencia, lo que observamos en noticias, en redes sociales, en el boca a boca. Tenemos la capacidad para recordar a través de la construcción subjetiva de la realidad y construimos la experiencia como una serie de imágenes en función de lo que nos impacta.
Es por esta razón es que muchos puedan sentir miedo no solo por lo que han percibido de la experiencia del terremoto, tambien es posible que el temor haya sido incrementado por todo lo que los otros han vivido y es válido. Para el caso de Colombia, nos hemos encontrado con temores asociados a la experiencia que muchos han tenido al quedarse atrapados bajo los edificios, a la posibilidad de haberse quedado atrapado y el ¿Qué pasa si esa casa que se cae es la mía? ¿Qué habría hecho en ese momento?
Temporalidad en movimiento mas que un concepto es una vivencia.
Por ello, puede observarse un fenómeno que he ido comprendiendo como temporalidad en movimiento, propia de los días posteriores a terremotos o seísmos. Consiste en que, presas del miedo, las personas sienten que no pueden escapar de un próximo evento igual y, para evitar sentirse atrapadas en esa posibilidad, actúan con prisa, más rápido de lo que lo harían en la cotidianidad anterior al terremoto.
Así, actividades cotidianas y simples pueden realizarse a mayor velocidad, como si viéramos pasar nuestra vida en x2, como un vídeo o un audio que vemos con prisa. Queremos terminar rápido actividades cotidianas como la de lavarnos los dientes o ducharnos por si nos sorprende el próximo movimiento de tierra dentro de casa. Queremos que la noche pase rápido y, sin embargo, podemos pasarla en vela, observando cómo el tiempo parece ir más lento que nuestro corazón. Podemos incluso sentir la necesidad de escapar, de huir del lugar que, en general, nos daba tanta seguridad: nuestra casa. Todo ello puede llevarnos a permanecer en hipervigilancia.
Estar alertas ante posibles réplicas, atentos a los movimientos, vigilar nuestro contexto, preparar un kit, identificar un lugar que consideremos «seguro» o hablarlo con los nuestros como un plan de acción ante un suceso similar son respuestas esperables y forman parte de las acciones que pueden aparecer después de estas experiencias. La hipervigilancia también puede aparecer de forma persistente. Es importante observarla y tomar conciencia de ella, intentando, en primera instancia, reconocerla y, después, comenzar a hacer pausas cuando aparezca.
Muchas personas se encuentran atrapadas en su propia vigilia, y actualmente no pueden dormir, resulta que, mientras estamos despiertos existe «control» sobre lo que percibimos; al dormir el temor está en perder la conexión con ello, no se trata de controlar los movimientos de las réplicas y sus consecuencias, porque de eso el cerebro sabe que no desaparecen, y aparecen las alteraciones del sueño y el tiempo se hace largo. Tambien la oscuridad de la noche hace perder el control, porque no puedo percibir donde estoy y donde están mis familiares, aspecto que tambien hemos observado en los casos de los terremotos en Granada.
La alteración de los sentidos y de las emociones asociadas, nos lleva a la hipervigilancia, esto es esperable. Ahora, la temporalidad, esa es la primera que debemos ir poco a poco observando. Porque nunca podremos ir más rápido que el tiempo. El ritmo al que nos movamos, más deprisa o más despacio, puede mostrarnos algo de nuestra conexión con el presente. Con el paso de los días, esa aceleración debería ir disminuyendo poco a poco.