Cuando tiembla la tierra: intervención psicológica con niños y niñas después de un terremoto

intervención psicológica con niños
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Un terremoto no termina necesariamente cuando deja de moverse la tierra. Para muchas personas, y especialmente para niños, niñas y adolescentes, lo ocurrido puede continuar durante días, semanas o incluso meses. Sentir miedo, incertidumbre, alteraciones del sueño o la necesidad de comprobar constantemente que todo está bien se asocian a los recuerdos. Por eso, hablar de recuperación después de un sismo implica atender no solo los daños materiales, sino también aquello que ocurre en el mundo emocional de las personas, las familias y las comunidades.

El transitar por esta experiencia y adaptarse o no ella, requiere de recursos individuales, familiares y comunitarios. No significa no sufrir, olvidar lo ocurrido ni recuperarse rápidamente. Tampoco supone que todas las personas reaccionen de la misma manera. La posibilidad de recuperarse está relacionada con las condiciones de seguridad, los vínculos, el apoyo social y las posibilidades reales de recuperar cierto control sobre la propia vida.

Después de un desastre, los recursos disponibles en el entorno: la familia, la escuela, las redes sociales, la comunidad y el acceso a información y ayuda, pueden favorecer como se gestiona la experiencia. La capacidad de una comunidad para organizarse, cuidarse y responder colectivamente puede convertirse en un importante factor de protección. Del mismo modo, las personas con redes familiares reducidas, escaso apoyo social, mayores dificultades económicas o pérdidas recientes pueden encontrarse en una situación de mayor vulnerabilidad. Por ello, una respuesta psicosocial adecuada debe preguntarse no solo qué puede hacer cada persona para afrontar lo ocurrido, sino también qué puede hacer la comunidad para que nadie quede fuera del proceso de recuperación.

La infancia, cuando el miedo se expresa de otra manera

Los niños y adolescentes también pueden experimentar miedo, angustia, tristeza, irritabilidad o una pérdida de la sensación de seguridad después de un terremoto. Sin embargo, no siempre expresan lo que sienten mediante palabras. La edad y el nivel de desarrollo influyen en la forma en que comprenden lo ocurrido y en cómo manifiestan su malestar.

En la práctica, una situación de este tipo que provoca un malestar, que,  en algunos niños pequeños pueden aparecer conductas distintas a las cotidianas movilizadas por el miedo como vía para dar salida a lo que sienten. Hemos observado conductas que algunos autores llaman “regresivas” en el desarrollo, como volver a mojar la cama después de haber adquirido el control de esfínteres, aumentar la dependencia de sus cuidadores, presentar dificultades para dormir o comer o reproducir el acontecimiento traumático mediante el juego. También pueden aparecer síntomas físicos, como dolores de cabeza o de estómago. En niños mayores y adolescentes pueden observarse irritabilidad, conductas desafiantes, dificultades de concentración, alteraciones del sueño, sentimientos de culpa, aislamiento o una preocupación intensa por la seguridad de sus familiares.  Desde nuestra mirada, creemos que va más allá de regresar a un hito del desarrollo alcanzado, estas conductas se asocian más con la pérdida del control adquirido que les daba seguridad.

Es importante no interpretar automáticamente estas reacciones como indicadores de un trastorno psicológico. Después de un desastre pueden aparecer respuestas emocionales intensas que forman parte de la adaptación inicial y que disminuyen progresivamente cuando existen condiciones de seguridad, apoyo y contención. El trabajo realizado por Sommer et al. (2013) después del terremoto y tsunami de Chile de 2010 muestra precisamente la diversidad de respuestas que pueden aparecer en la infancia y la necesidad de adaptar la intervención a las características y necesidades de cada niño.

Esto permite establecer una primera distinción fundamental: una reacción emocional después de un terremoto no equivale necesariamente a psicopatología. La cuestión no es eliminar inmediatamente el miedo o la angustia, sino observar su evolución, proporcionar apoyo y detectar aquellos casos en los que el malestar persiste o comienza a interferir significativamente en la vida cotidiana.

De la seguridad a la intervención especializada

Desde una perspectiva psicológica, también hemos detectado que la respuesta después de un terremoto puede organizarse como un proceso escalonado, que puede incluir estos aspectos:

Seguridad → información → regulación → expresión → recuperación de rutinas → apoyo familiar y escolar → detección → intervención especializada.

Este orden permite diferenciar entre las actuaciones que pueden beneficiar a todos los niños y aquellas que deben dirigirse a quienes presentan una mayor vulnerabilidad o una sintomatología persistente. La experiencia acumulada en diferentes terremotos muestra la utilidad de combinar acciones universales, apoyo familiar y escolar, detección temprana e intervención psicológica específica cuando es necesaria (Giannopoulou et al., 2006; Okuyama et al., 2017; Sommer et al., 2013).

1.Intervención universal y comunitaria

La intervención universal  y comunitaria está dirigida a todos los niños y niñas, independientemente de que presenten síntomas. Su objetivo inicial no es diagnosticar ni tratar, sino contribuir a restablecer unas condiciones básicas de seguridad física y emocional desde las que pueda producirse la recuperación. En nuestra práctica, nos hemos acercado recientemente a la población infantil por dos vías, la de los padres en tanto observación de las conductas y emociones, y la otra vía de manera directa con los niños a través del dibujo como expresión grafica. Esto con el fin de generar intervenciones contextualizadas.

Seguridad

La seguridad constituye el primer elemento de la intervención. El niño necesita saber que los adultos están disponibles y que existen personas y espacios donde puede sentirse protegido. Esto no implica prometer que no volverá a producirse un terremoto, sino ofrecer información realista y explicar qué puede hacerse ante una posible réplica.

Esta seguridad también requiere cuidar a los adultos que sostienen a la comunidad. En la intervención desarrollada con padres y familias en Colombia tras el terremoto, se hizo evidente que los líderes y personas que acompañan a otros también están expuestos al impacto de la emergencia. Cuidar su salud física y emocional es fundamental, ya que son quienes sostienen y acompañan a sus familias y comunidades.

La experiencia desarrollada en Chile tras el terremoto y tsunami de 2010 mostró igualmente la importancia de intervenir desde diferentes espacios, incorporando a niños, padres, profesores y profesionales, así como la coordinación con los servicios de salud (Sommer et al., 2013). La seguridad, por tanto, no depende únicamente de la intervención individual, sino de la red de apoyo que pueden ofrecer los adultos y la comunidad.

Información

La información cumple también una función psicológica. Después de un terremoto pueden aparecer numerosas preguntas: ¿por qué ocurrió?, ¿volverá a pasar?, ¿estamos seguros?, ¿puede caerse nuestra casa? Responder de manera clara, sencilla y adecuada a la edad ayuda a disminuir la incertidumbre y evita que el niño tenga que construir sus propias explicaciones a partir de aquello que imagina o escucha.

La información debe ser realista y tranquilizadora, pero no falsa. No se trata de decir que «no volverá a temblar», sino de explicar que pueden producirse réplicas y enseñar qué hacer para protegerse. En la intervención realizada en Chile se incorporó precisamente la psicoeducación como parte del trabajo con niños, familias y profesores (Sommer et al., 2013).

También es importante cuidar la exposición a los medios de comunicación. La repetición constante de imágenes de destrucción, personas heridas o edificios derrumbados puede mantener la sensación de amenaza, especialmente en los niños más pequeños. Por ello, la información debe estar mediada por los adultos, ser fiable y ajustarse a la capacidad de comprensión del niño.

Regulación

Después de una experiencia que puede haber activado intensamente las respuestas de alarma, algunos niños pueden presentar miedo, irritabilidad, dificultades para dormir, sobresaltos o necesidad de permanecer cerca de sus cuidadores. Antes de pedirles que «superen» lo ocurrido, es necesario ayudarles a recuperar progresivamente la capacidad de sentirse tranquilos.

La regulación puede favorecerse mediante actividades sencillas y cotidianas: jugar, dibujar, moverse, descansar, conversar o permanecer cerca de personas significativas. No se trata de imponer al niño una determinada manera de dejar de sentir miedo, sino de proporcionarle experiencias que le permitan comprobar que puede volver a sentirse seguro.

La escuela puede desempeñar aquí un papel especialmente relevante. Después del terremoto y tsunami de Japón de 2011, Okuyama et al. (2017) desarrollaron un programa de seguimiento e intervención desde el contexto escolar, utilizando la evaluación psicológica para identificar a estudiantes con mayores dificultades y proporcionando posteriormente apoyo a través de profesores, personal de enfermería y profesionales de orientación. El estudio mostró la utilidad de la escuela como espacio de detección y acompañamiento continuado.

Recuperación de las rutinas

Después de una emergencia, la vida puede sentirse suspendida cuando las rutinas se interrumpen. Recuperar progresivamente actividades como dormir, comer, jugar, estudiar, acudir al colegio y relacionarse con otros ayuda a restablecer estructura, referencias temporales y sensación de estabilidad.

La evidencia destaca el papel del contexto escolar y de los diferentes sistemas que rodean al niño en este proceso (Okuyama et al., 2017; Sommer et al., 2013). En Manizales, las orientaciones tras los sismos recientes también han señalado la importancia de acompañar, escuchar y recuperar progresivamente las rutinas de descanso, alimentación, sueño, juego y estudio como parte de la recuperación emocional (Centro de Información de Manizales, 2026).

Apoyo familiar y escolar

Los padres, los cuidadores, profesores y compañeros son una red fundamental de apoyo durante lo emergente porque es todo aquello que rodea al niño y niña. Los adultos no necesitan ocultar sus propias emociones. Sin embargo, pueden procurar ofrecer respuestas organizadas, evitar transmitir información alarmista y estar disponibles para escuchar las preocupaciones de los niños. La forma en que los adultos afrontan lo ocurrido puede convertirse en una referencia importante para ellos.

La experiencia chilena resulta especialmente ilustrativa. Sommer et al. (2013) desarrollaron una intervención que combinó atención a niños, psicoeducación a padres, talleres para profesores, autocuidado de profesionales y coordinación con la red sanitaria. La intervención, por tanto, no se situó exclusivamente en el niño, sino en el sistema de relaciones que sostiene su recuperación.

En la misma línea, la experiencia japonesa muestra que el contexto escolar puede funcionar como un espacio de observación, detección y apoyo psicológico continuado (Okuyama et al., 2017).

2.Detección y apoyo seleccionado

Las medidas universales son necesarias, pero no todos los niños tienen las mismas necesidades. Algunos han estado directamente expuestos al peligro, han perdido su vivienda, han sufrido lesiones, han presenciado la muerte o las heridas de otras personas o ya habían vivido experiencias traumáticas anteriores. Estas circunstancias pueden incrementar la vulnerabilidad psicológica.

Detectar no significa buscar trastornos en todos los niños, sino observar cambios significativos y diferenciar las reacciones esperables después de una emergencia de aquellas que, por su intensidad, duración o interferencia, requieren mayor atención. La experiencia de Japón mostró la utilidad de identificar a los estudiantes con mayor riesgo y ofrecerles seguimiento e intervención, recurriendo a servicios especializados cuando fuera necesario (Okuyama et al., 2017). De forma similar, la intervención tras el terremoto de Chile evidenció que los niños podían presentar diferentes dificultades y que las intervenciones debían ajustarse a cada caso, sin asumir que todos desarrollaban un trastorno por estrés postraumático (Sommer et al., 2013). No toda reacción emocional después de un terremoto requiere psicoterapia, pero tampoco debe minimizarse el malestar intenso o persistente. La clave está en observar su evolución, ofrecer apoyo y valorar cuándo está interfiriendo en la vida del niño.

3.Intervención psicológica especializada

La intervención especializada constituye un tercer nivel de atención, dirigido a aquellos niños cuyas necesidades psicológicas superan el acompañamiento comunitario y el apoyo seleccionado.

La investigación realizada después de diferentes terremotos muestra que las intervenciones psicológicas especializadas pueden resultar beneficiosas cuando existe sintomatología postraumática significativa. Giannopoulou et al. (2006), por ejemplo, estudiaron a 20 niños de entre 8 y 12 años con síntomas de TEPT después del terremoto de Atenas de 1999. Tras la intervención se observó una reducción significativa de los síntomas postraumáticos y depresivos y una mejora del funcionamiento psicosocial. 

Más recientemente, la revisión sistemática y metaanálisis de Laksmita et al. (2026), que reunió 13 ensayos controlados aleatorizados con 2.418 niños y adolescentes supervivientes de diferentes desastres naturales, encontró efectos favorables de las intervenciones realizadas desde el contexto escolar sobre los síntomas de TEPT, así como efectos sobre ansiedad y depresión. Estos resultados apoyan la utilidad de disponer de intervenciones psicológicas específicas para aquellos menores que presentan dificultades persistentes, sin convertirlas en la respuesta inicial para toda la población infantil.

4.¿Cuándo es necesario pedir ayuda?

Durante los primeros días o semanas después de un terremoto pueden aparecer miedo, nerviosismo, alteraciones del sueño, necesidad de estar cerca de los adultos, irritabilidad o preocupación. Estas reacciones no deben interpretarse automáticamente como un trastorno. Lo importante es observar su evolución.

Conviene solicitar una valoración profesional cuando los síntomas son muy intensos, persisten o interfieren de manera significativa con la vida cotidiana. Algunas señales que pueden indicar la necesidad de consultar son:

  • Alteraciones persistentes del sueño o pesadillas frecuentes;
  • Miedo intenso y recurrente a morir o a que algo malo ocurra;
  • Recuerdos o imágenes intrusivas del terremoto;
  • Sobresaltos constantes o estado de alerta permanente;
  • Aislamiento o pérdida marcada de interés por actividades habituales;
  • Cambios importantes y persistentes en el comportamiento;
  • Dolores físicos recurrentes sin una explicación médica suficiente;
  • Angustia intensa ante la separación de los padres;
  • Rechazo persistente a acudir al colegio;
  • Deterioro significativo en las relaciones, el aprendizaje o el funcionamiento cotidiano.

La presencia de estas señales no implica por sí misma un diagnóstico, pero sí indica que puede ser conveniente realizar una valoración psicológica y determinar qué tipo de apoyo necesita el niño.

No todos los niños están expuestos al mismo riesgo

La respuesta psicológica después de un terremoto depende de múltiples factores: la intensidad de la experiencia, haber estado en peligro directo, sufrir lesiones, perder la vivienda, presenciar la muerte o las heridas de otras personas, disponer de apoyo familiar y haber vivido previamente otras experiencias traumáticas.

Un ejemplo especialmente relevante para España se encuentra en Lorca, después del terremoto de 2011. En escolares de entre 8 y 12 años se observaron niveles elevados de sintomatología postraumática y una evolución diferente según determinadas características de los participantes. Estos resultados recuerdan que las consecuencias psicológicas de un terremoto pueden ser importantes y persistir en una parte de la población infantil, por lo que resulta necesario realizar seguimiento y facilitar apoyo cuando sea necesario.

Estos datos, sin embargo, no deben utilizarse para anticipar que todos los niños que viven un terremoto desarrollarán un trastorno. La experiencia posterior a un desastre es heterogénea y depende tanto de las características de la exposición como de los recursos individuales, familiares y comunitarios disponibles.

La intervención después de la emergencia en Colombia y Granada 

Tras los sismos del 10 de agosto en Colombia, cuyos efectos se sintieron en distintas zonas del país, resulta necesario pensar en la salud mental también después de la emergencia. En Manizales, las orientaciones institucionales han destacado el acompañamiento emocional de niños y familias y la recuperación progresiva de las rutinas (Centro de Información de Manizales, 2026).

La evidencia muestra que recuperarse no significa únicamente atender los casos que desarrollan síntomas clínicos, sino crear condiciones que favorezcan el retorno progresivo al funcionamiento habitual. En este proceso, familia, escuela, comunidad y servicios especializados cumplen un papel fundamental (Sommer et al., 2013; Okuyama et al., 2017). Esta perspectiva también resulta relevante en Granada, dada su historia sísmica y la necesidad de prepararse para posibles terremotos.

Resiliencia no significa hacerlo solos

Ser resiliente no significa soportarlo todo sin ayuda. Pedir apoyo también es una forma de afrontamiento: hablar, recuperar rutinas, apoyarse en la comunidad y permitir que los niños jueguen y expresen lo que sienten favorece la recuperación.

Después de un terremoto no solo reconstruimos casas y calles; también necesitamos reconstruir la confianza, los vínculos, las rutinas y la sensación de no estar solos. Cuidar la salud mental de niños y familias es, por tanto, parte de la reconstrucción. La intervención comienza creando seguridad, información y vínculos, ayudando a que, después de que la tierra se mueva, los niños puedan volver poco a poco a sentir que su mundo también puede recuperar el movimiento.

Referencias

Giannopoulou, I., Dikaiakou, A., & Yule, W. (2006). Cognitive-behavioural group intervention for PTSD symptoms in children following the Athens 1999 earthquake: A pilot study. Clinical Child Psychology and Psychiatry, 11(4), 543–553. https://doi.org/10.1177/1359104506067876

Laksmita, P., et al. (2026). School-based interventions for child and adolescent survivors of natural disasters: A systematic review and meta-analysis of randomized controlled trials. Child and Adolescent Mental Health.

Okuyama, J., Funakoshi, S., Tomita, H., Yamaguchi, T., & Matsuoka, H. (2017). School-based interventions aimed at the prevention and treatment of adolescents affected by the 2011 Great East Japan Earthquake: A three-year longitudinal study. The Tohoku Journal of Experimental Medicine, 242(3), 203–213. https://doi.org/10.1620/tjem.242.203

Sommer, K. A., Abufhele, M. M., Briceño, A. M., Dávila, A., Barreau, M., Castro, S., Ebel, C., Oltra, S., & Correa, A. (2013). Intervención de salud mental en niños expuestos a desastre natural. Revista Chilena de Pediatría, 84(1), 59–67. https://doi.org/10.4067/S0370-41062013000100007

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Carolina Reyes Gonzalez

Doctora en psicología